17 de abril de 2008

Joaquín y sus hélices


La verdad es que el viaje a Melilla no es de los más cómodos. Sí, se va en avión, pero es un trayecto bastante tenso. El hecho de volar en uno de esos aviones de hélices no suele hacer demasiado feliz a nadie en la expedición, y me incluyo. Pero son gajes del oficio. De hecho, los jugadores al ver las dimensiones del aparato ya suspiran. Por lo incómodo y por lo que se mueve en el aire, sobre todo, al acercarse a una ciudad como Melilla en la que el viento del estrecho se nota y de qué manera.

Hoy, los últimos diez minutos de viaje han sido de los moviditos aunque jugadores y técnicos recuerdan con especial angustia el vuelo del año pasado a Tenerife (de ese me libré por un día) en el que el vaivén, por lo que se vé, debió de ser continuo durante tres cuartos de hora. Uno de los más afectados por todo esto es el segundo entrenador, Joaquín Ruiz Lorente.

No es que le tenga miedo al avión (con los vuelos que lleva él a sus espaldas), pero sí que les tiene respeto, especialmente desde que tuvo un accidentado vuelo volviendo de Estados Unidos. Un susto, pero de los que dejan huella. Por eso esta mañana hasta su familia se preocupaba de lo que leían en HERALDO sobre que a Melilla solo iban aviones de hélices porque los reactores no tienen espacio suficiente para realizar las maniobras oportunas.

Sin embargo él confiaba en que esta vez el avión fuera más grande. Ya desde la puerta de embarque lo buscaba, pero se encontró con este "pajarito" que nos ha traído hasta Melilla. Al final, el vuelo ha sido más tranquilo de lo temido, salvo esos últimos minutos, y el equipo ya está aquí para tratar de lograr mañana un triunfo que le acerque al ascenso.